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  • Dolores Miquel

El diario de la más veterana

Cuando entré a trabajar en la EMV hace 40 años (lo del “Suelo” llegaría mucho más tarde), ni en sueños podría haber imaginado que acabaría escribiendo estas líneas. En la primera sede de la empresa, un pequeño semisótano de la calle Guatemala, trabajábamos poco más de media docena de personas, entre ellas, algunos funcionarios del Ayuntamiento que ayudaban a poner en marcha el proyecto.


Estaba el gerente, una abogada que llevaba los temas jurídicos, una economista al frente de las finanzas, un aparejador para las obras y un par de jóvenes trabajadoras que iniciábamos nuestra vida laboral como auxiliares administrativas: Carmen Amaya, a quien aún puedo saludar en los pasillos de la oficina, y quien suscribe.


Dolores Miquel, a la derecha, con una compañera de la EMVS


El trabajo de las administrativas no estaba tan definido como ahora. Hacíamos un poco de todo. Sobre todo, trabajos de mecanografía con la clásica Olivetti de color verde en la que aún usábamos el papel carbón para sacar los documentos por triplicado. De la época –el alcalde de Madrid era Enrique Tierno Garván- recuerdo que vivimos como una auténtica revolución la llegada de las primeras máquinas de escribir eléctricas, que aumentaron significativamente nuestra productividad. También la adquisición del primer ordenador, que ocupaba la mitad de la superficie de la pequeña oficina.


Y la primera obra de la empresa, un edificio de viviendas en la Plaza de la Cebada. Qué pena que no hubiéramos podido adivinar el largo recorrido que teníamos por delante en la EMV. Sobre todo por aquellos anticipos que nos negaba Esteban, el señor cajero –sí, tenía una enorme caja fuerte en un rincón- “porque vaya usted a saber qué pasa con el dinero

de la empresa si desaparece –o se muere- dios no lo quiera, el beneficiario”. Qué tiempos

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